La interna de la principal oposición en Tucumán ya es un auténtico papelón. Si lo que quieren es realmente fracturarse e ir divididos a la contienda del 14 de mayo no lo podrían estar haciendo mejor, como para que lo lamenten aquellos ciudadanos esperanzados en votar a una coalición opositora con verdaderas chances de imponerse al PJ. En lugar de alimentar ese sueño de miles de electores que rechazan al oficialismo, por las razones que sean, los están desilusionando. Es peligroso ese descontento popular y no se puede relativizar esa variable en pleno proceso electoral. Si no lo están midiendo y evaluando están cometiendo un grave error de cálculo. Sería pecar de una ingenuidad política inexplicable en estos tiempos donde todo se mide y se somete a encuestas. Lo peor es que algunos de los principales protagonistas de esta comedia en la que se está convirtiendo Juntos por el Cambio están desnudando una ausencia total de vocación de poder, de ganas de acceder al gobierno de una vez. No exponen la intención de ir por todo y de no quedarse sólo en los pequeños espacios de confort políticos conquistados.
Después de las primarias y de las generales de 2021, hasta los oficialistas estaban convencidos de que la fórmula opositora iba a estar integrada por Roberto Sánchez y por Germán Alfaro; no cabía otra, era lo lógico, una sociedad política nacida a fuerza de los resultados obtenidos. La sociedad toda se sentó a esperar que resolvieran quién sería el uno y quién el dos en la boleta de Juntos por el Cambio; sin embargo, a 11 semanas de la votación, eso no está resuelto. Por el contrario, los gestos van más por el lado de la desunión que por la juntada, más de un lado que del otro. El comunicado de CREO de ayer (de ofrecer bajar la candidatura a vice de Murga) es una admisión de que están haciendo todo mal.
Sin embargo, en el medio hay maniobras individuales para bajar y subir postulaciones que enrarecen aún más el clima opositor. Arrestos pensados más en intereses personales que en los del conjunto. Sería todo un despropósito que la oposición se haya acostumbrado a perder con el PJ y que haya naturalizado esta situación limitándose a ganar pequeños espacios, bancas e intendencias, pero resignando siempre la gobernación.
En el 21 estuvieron a dos puntos de la victoria, una cifra nunca antes alcanzada por una coalición opositora, un resultado como para animarse a dejar atrás ese acostumbramiento a la derrota y apostar seriamente a una victoria este año. Toda una invitación a estar más juntos para un cambio. Pero no. El oficialismo sonríe viendo el espectáculo que brinda la oposición; pero, además, no se queda quieto, juega y apuesta en esa interna, como lo refieren en el mismo espacio opositor. Y mencionan una tríada que estarían haciendo de las suyas, integrada por dos peronistas y un radical, uno de ellos sindicalista.
Esto último vale para hacer un paréntesis y para justificar lo de “la intervención”. Observamos que Manzur regresó a la provincia porque como jefe de Gabinete ya no podía hacer más políticamente para ganarse un lugar en la mesa chica de las decisiones del Frente de Todos. Agotó su capital político como jefe de ministros, por lo que para reinstalarse en ese lugar de privilegio resolvió ponerse al frente de la campaña electoral del oficialismo tucumano apostando a una victoria que lo devuelva a los primeros planos. Recordemos el enfático “yo soy el jefe de campaña”. Mía será la victoria; pareció decir, para ofrecerla en bandeja de plata al Gobierno nacional. Sin embargo, esa cucarda no valdría tanto a los ojos del poder central como ofrendar el quiebre de Juntos por el Cambio en Tucumán. La provincia es uno de los principales distritos electorales del país y lo que sucede aquí irradia políticamente a la Nación. Baste recordar los comicios provinciales de 2015, que llegaron a judicializarse por denuncias de fraude electoral y que Cambiemos supo capitalizar en el plano nacional: la caótica elección tucumana fue un aporte central a la victoria final de Macri.
Hoy, siendo una de las provincias donde se adelantaron las elecciones, el resultado puede servir a una u otra coalición en el orden nacional. Pero a Juntos por el Cambio -casa central- no le sirve que en Tucumán se quiebre la alianza y que haya dos dirigentes del mismo espacio peleando por la gobernación. Desunidos no ganarían y sentarían un pésimo precedente para el proceso electoral nacional de la oposición, que necesita de triunfos comarcanos para alimentar el gran sueño de volver al poder. Flaco favor en ese sentido le están haciendo sus referentes tucumanos. Todo al revés de 2015. Decir hoy “Juntos” más suena a chiste. Y por el Cambio, una ironía.
He ahí la necesidad de la intervención, de intervenir para superar el conflicto interno. No de intervenir el distrito, sino de bajar para intervenir políticamente en el distrito, con acciones que destraben la crisis política. Como para no regalarle a Manzur una división de la que se jactaría y que los convertiría en el hazmerreír a nivel nacional. Difícil tarea de los referentes nacionales de Juntos por el Cambio. Esto ya nos excedió; confió un protagonista de todo este desmadre, justificando la intervención nacional. La pelota -o brasa caliente- está en el orden nacional; por aquí no se vislumbra vocación de unidad.
¿Cómo accionarían para motorizar un acuerdo y una fórmula conjunta o para favorecer un nuevo pacto político en donde todas las partes involucradas acepten nuevos roles, pero bajo la misma sigla? No pueden bajar a la provincia e imponer orden y disciplina públicamente, algo así desautorizaría a los propios protagonistas tucumanos; deberían tener cautela y tacto político para que parezca que los de Tucumán finalmente son los que generan el consenso y que desde Buenos Aires habría voluntad de los principales referentes para homologar ese convenio político. ¿Vendrían Rodríguez Larreta, la Bullrich y Morales? Se necesitará mucha influencia política, delicadeza y presencia para que se arregle el entuerto opositor en Tucumán, para que nadie parezca que es obligado a resignar. Difícil.
Van a requerir bastante poder de convencimiento para que los intereses confluyan. Se tendrán que esforzar más con los correligionarios, que han acelerado sin haberse detenido a pensar en sus socios políticos, en cómo los contendrán y qué espacios acordarán. Han puesto quinta. Basta mencionar varios sucesos para ver que se han avanzado sin pisar el freno: habían resuelto una fórmula gubernamental, Sánchez-Murga (ahora quieren volver atrás), sin que se haya determinado un proceso eleccionario interno; han inscripto la sigla Juntos por el Cambio como propia sin consensuar esa presentación con las restantes fuerzas políticas aliadas; y afirmaron que Alfaro se proclamó ilegalmente candidato de Juntos por el Cambio cuando anotaron a la coalición sin habérselo comunicado. Tensionan para presionar o tensionan para romper. La línea es delgada.
Todas son travesuras políticas que pueden confundirse con ingenuidad electoral; porque si bien pueden ser acciones destinadas a presionar al adversario cercano, no se ha pensado en los efectos fuera de la provincia, en los intereses nacionales de la coalición opositora. Los que obligan a que los Larreta, los Bullrich, los Morales y hasta Macri pongan la lupa en esta provincia del norte y deban arreglar el desaguisado con premura pero con mucha imaginación. Por eso está descartado que se llegue a la Justicia para evitar que la UCR se quede con la sigla de Juntos por el Cambio. Judicializar la interna solo haría sonreír al oficialismo y haría que aquellos que quieren votar una oposición con vocación de poder miren hacia otras estructuras partidarias; como Fuerza Republicana, por ejemplo. FR ya supo captar el descontento de la sociedad con la clase política y se encumbró en el gobierno en 1995. Antonio Bussi fue el emergente de ese malestar.
¿Qué hizo que Sánchez inscribiera sorpresiva y prematuramente a Juntos por el Cambio? Se comentó que temía que Alfaro picase en punta e hiciese lo propio; pero él sorprendió. El Frente de Todos por Tucumán también fue inscripto la semana pasada, pero allí la interna está resuelta. Tal vez aprendió aquella máxima peronista de que mejor que decir es hacer. Calladito hizo y sacudió la estantería en el frente opositor. Más sorprendió que no incluyera al PRO como parte de la alianza, ya que el macrismo es prácticamente el dueño de la franquicia, por decirlo de alguna forma. Es de imaginar que calculó los efectos de su accionar y que tiene todo dominado. Para considerar: al anotar la coalición integrada por la UCR y Propuesta Ciudadana, estos son los únicos partidos que pueden definir las listas oficiales en cada sección electoral, de candidatos a cargos ejecutivos y aceptar los acoples. Habría que ver si en la presentación se dispuso aceptar la inscripción de extrapartidarios como candidatos. Todo un gran detalle.
Alfaro, con su accionar, también parece tener todo calculado: lanzó su candidatura a gobernador pero no eligió un vice, un mensaje de que deja la puerta abierta a cualquier negociación. También bajó de una posible postulación a la intendencia a su esposa, la senadora Beatriz Ávila, aunque esto no significa que vaya a negociar la municipalidad -léase “no entregar” la intendencia a alguien que no sea de su extrema confianza-, que es la base de su poder territorial. Es de suponer que tiene un as bajo la manga sobre quién será su elegido y al que lo expondrá públicamente cuando el panorama aclare en la oposición. Entre sus acólitos se dice que está comprometido con la unidad y que se llamará a silencio para no entorpecer un posible acuerdo. Por ahora ese posible escenario está a oscuras y necesita que lo aclaren desde afuera, porque lo que es en la provincia parece toda una misión imposible. Aquí nadie parece querer ceder nada, sino imponer al propio socio de la coalición. Tendrán que cambiar para ir juntos.